Fidel, rebelde hasta contra la inmortalidad química

Por: Edwin Sánchez
Tuesday 13 de December 2016
Fidel, rebelde hasta contra la inmortalidad química

I

Cuando Fidel partió de este mundo, nos entregó su postrer discurso: nada de endiosamiento. Aquel coloso que puso en pie a Nuestra América no temía a las vicisitudes de la muerte ni se amilanó en su bautizo de fuego en el ataque al Cuartel Moncada, en Santiago de Cuba.

Sin embargo, una de las preocupaciones de quienes alguna vez fueron dirigentes del campo socialista era de qué manera iban a ser recordados, pero más que por las ideas, por la forma en que se irían del siglo.

Cómo burlar “la ley de permanecer en la corrupción del sepulcro”, que el Papa Pío XII resolvió a su manera con el dogma de la Asunción de la Virgen, constituyó una de las obsesiones principales en las democracias populares.

Sabían que el materialismo –dialéctico e histórico– al no poder solventar con eficiencia los problemas económicos de la población, que el hambre no es abstracto, que la ausencia de la sociedad del conocimiento y la falta de políticas que estimulen la innovación en la juventud estudiosa no son una especulación filosófica sino el atraso concreto de un país, menos que solucionara cuestiones nada mundanas como las del más allá.

Los formuladores del socialismo científico, Carlos Marx y Federico Engels, se esmeraron en dotar de las herramientas teóricas a la supuesta vanguardia, el proletariado, para la toma del poder. Pero en la versión europea de este sistema, no fue la clase obrera, ni siquiera un sindicato, la que se quedó con el tablero de mando: fue el Comité Central del Partido.

Marx y Engels desarrollaron las tesis de la dialéctica para plantear que “toda la historia de la humanidad hasta ahora es la historia de la lucha de clases”, pero del final particular del “hombre”, del “individuo”, del “jefe”, esa dramática “lucha de contrarios” entre el vivir y el morir, no dijeron nada más que lo atingente al papel de las “masas populares”. Lo demás es reemplazable, obra de la casualidad.

¿Por qué, señor Engels? Porque “si no hubiese habido un Napoleón –así lo exigía la República Francesa– habría venido otro a ocupar su puesto”.

Para “remediar” el lado Federico de la historia, lo más práctico para Stalin fue organizar un “Comité para la Inmortalización”, cuya primera tarea de facto fue decretar que Vladimir Ilich era “eterno”. Pero Lenin, sin aspiraciones mesiánicas, y humilde como era, solo quería que lo enterraran al lado de su mamá.

Por supuesto que el comité científico no acudió a la Catedral de San Basilio para semejante labor, pero sí a una de las primeras cunas de la superstición mundial: Egipto.

Yendo en contra de las leyes del desarrollo progresivo de la sociedad que distinguen el pensamiento de Marx, regresaron a una de las formaciones económicas sociales de la antigüedad: el esclavismo.

Los faraones tenían la “respuesta” para los “líderes de avanzada” de la sociedad sin clases. Había que aprovechar la notable experiencia de las dinastías del Nilo en los misterios de ultratumba.

Debemos reconocer que en esas alturas del privilegio hay quienes pretenden estar por encima del bien y del mal, de las clases y del marxismo-leninismo también. Todo vale con tal de evitar el tránsito común al Hades, aunque sea retornar a los años del papiro para lograr la posteridad artificial.

No serían los discursos, las hazañas, las biografías heroicas y retocadas, menos la ideología, los que conservarían en la memoria de los hombres a estos ilustres. La dura, fatigosa y no siempre exitosa lucha contra el implacable olvido dependía de un menjurje de hierbas, resinas, metanal y carbonatos como el natrón y el nitro.

La construcción de majestuosos mausoleos con los cuerpos preservados de timoneles como Lenin, Stalin y Mao Tse Tung, y las filas de adoloridos, curiosos, turistas y peregrinos revolucionarios de diversas partes del planeta, derivó en una ceremonia infinita y, a la vez, demostró que un fantasma, el fantasma de la perpetuidad, recorría el Viejo Mundo.

II

Para los trabajadores de carne y hueso siempre fue un motivo de asombro que la alta dirigencia tuviera envidia, precisamente, de los dos atributos de Dios más intolerables para los profetas del comunismo: la Inmortalidad y la Inmutabilidad.

Al parecer, a los máximos líderes les causaba mayor temor sufrir la descomposición de los muertos corrientes que el del mismo cuerpo partidario que les sobreviviría.

Así, al querer saltar por encima de las miserias de los mortales, intentaban imitar –paradójicamente– al que siempre negaron su existencia, esa “leyenda de incultos y rústicos pescadores”: Jesucristo. La Biblia asegura que “el santo de Dios no vio corrupción”, porque al tercer día resucitó.

Ahí, en un libro “anticientífico”, compendio de la “mitología hebrea”, estaba la clave del forzado paralelismo de este relato que se jacta de abrazar las ciencias: que “el líder no vea corrupción”.

Es un desafío para la mente entender la actitud de estos efímeros cuando se les agota el calendario. ¿Por qué a los acaudalados difuntos de la burguesía, con todo lo “reaccionarios”, “vanidosos”, “megalómanos”, “derechistas” e “inescrupulosos” que son, no se les construyen suntuosas mastabas donde sus cuerpos bien acicalados expongan por los siglos de los siglos los laureles del Capitalismo? A ellos simplemente los entierran.

¿Cómo comprender, entonces, que Stalin, Mao, Kim, Dimitrov, “camaradas” de la clase trabajadora y “faros” de la “humanidad”, estudiosos de la dialéctica, se volvieran antidialécticos, al negar las leyes generales del movimiento y del cambio constante?

Si el marxismo se basa en que todo lo humano –social, económico, histórico– no es más que un proceso de génesis y caducidad, ¿por qué les preocupaba su porte y aspecto después de expirar? ¿Coquetería proletaria? ¿Frivolidad revolucionaria? ¿Egolatría socialista?

III

Así en la vida como en la muerte, Fidel marcó la diferencia: su originalidad.

El Comandante en Jefe no dejó instrucciones de que sus restos fueran exhibidos en la Plaza de la Revolución con la gloria postiza que los anatomistas, patólogos, biólogos y bioquímicos se encargan de ataviar a los fallecidos insignes.

Quienes se imaginaron que el líder histórico de la Revolución Cubana quedaría en su urna de cristal para la sempiterna veneración, o que al menos sería depositado en un aristocrático y pomposo ataúd que recorrería las calles de La Habana, las escenas deben ser desconcertantes.

La última voluntad del gran barbudo fue que no se esculpieran bustos ni estatuas, ni cualquier otro monumento; que nada llevara su nombre.

Ahí, en una reducida caja, sobre el tráiler de un modesto UAZ 469, rumbo a Santiago, iban las cenizas del hombre que no cayó en la tentación antimarxista de la inmortalidad química.

Tal fue la historia inédita, natural, verdadera, de aquel que se enfrentó a los desórdenes e injusticias de los poderosos de la Tierra, pero no se resistió a la orden de Dios, antes bien la facilitó. Lejos de la arrogancia de los líderes embalsamados, pidió ser cremado, “porque polvo eres, y al polvo volverás” (Génesis: 3:19).

La grandeza de Fidel no necesitaba de una eternidad de formalina. Basta con la que el Altísimo premia a los justos.