Trump y el Papa ante una prensa que prefiere la cizaña y no el trigo

Por: Edwin Sánchez
Wednesday 1 de March 2017
Trump y el Papa ante una prensa que prefiere la cizaña y no el trigo

Desde hace algún tiempo, no pocos propietarios de medios de comunicación se encargaron de la tarea ingrata de “modernizar”, a su imagen y semejanza, el periodismo. Es que era una profesión tan “anticuada” que todavía dependía de la realidad.

Algunas voces advirtieron de aquel rumbo de perdición, solo que a buena parte de la audiencia no le interesó. Quizás decidió creer que eran “cosas” que venían del lado izquierdo de la vida.

El punto es que cambiaron los solemnes himnos de la humanidad por intereses más mundanos, sin que sus desorientados consumidores se enteraran.

Incrédulos algunos, tras desenredarse de las patrañas, se preguntarán con santa inocencia, ¿cómo es posible que no nos diéramos cuenta?

Mark Twain, citado por Eduardo Galeano, responde: “Una mentira puede estar dando la vuelta al mundo, mientras la verdad se está poniendo los zapatos”.

Ante tantas falsedades dictadas como verdades, hasta un zopilote termina pareciéndose al símbolo de la paz.

En este proceso de involución de cierta prensa, tales empresarios ya no solo eran poseedores de televisoras o periódicos: se declararon accionistas mayoritarios de la verdad. Con los años, tampoco estaban conformes con haberla privatizado. Querían más. Una de sus últimas paradas fue la de ser patrones de la democracia.

Sin embargo, más que dueños de medios y caciques de la democracia, se consideran la única especie infalible sobre la faz de la tierra. Son los dioses y semidioses, según el tamaño de su poder: medio local, emporio o transnacional. Es donde mejor se sienten y “sirven” a los comunes mortales. Todo lo que publican debe asumirse como “la verdad revelada”.

No obstante, cuando la prensa solo es un negocio, escalera para alcanzar el poder, derribar al que detesta o encumbrar a los suyos, eso ya dejó de ser periodismo. Estamos ante una despiadada industria político-mediática.

No contento con lo obtenido, se han dado el lujo de editar su propio diccionario: “Periodismo” le llaman a su grupo económico; “objetividad” a la distorsión; “prensa libre” al órgano correligionario; “libertad de expresión” a la posición política del grupo; “realidad del país” a la línea editorial; “dictadura”, “populismo” a cualquier gobierno que no sea del agrado de estos empresarios; “fraude electoral” a los resultados adversos a sus ungidos; “Patria” a los intereses de la facción más conservadora de la sociedad; “pueblo” a la élite derechista y sus seguidores; “Voz de Dios” a los religiosos de su rebaño ideológico...

Eduardo Galeano calificó de “fábricas de opinión” a estas sofisticadas maquinarias del engaño, equipadas para intoxicar la pureza de los hechos sin que se les arrugue el alma a sus ejecutores.

A Gabriel García Márquez su condición de periodista no lo blindó ante los desenfrenos de este tipo de prensa. Muchos años después de seguir estando frente al pelotón de fusilamiento de los que han asaltado el periodismo, había de recordar aquella tarde remota de 1983: “Para nosotros, más que para las víctimas, estos atentados cada vez más frecuentes y escandalosos a la moral del periodismo nos parecen delitos de la más alta peligrosidad, porque terminarán por dañar y pervertir por completo el mejor oficio del mundo”.
Gabo no se equivocó.

El Papa y Trump

De aquellas íngrimas denuncias se ha pasado a las críticas globales. Dos grandes poderes de la Tierra, la Casa Blanca y El Vaticano, cuestionan hoy a esta prensa que ha caído en las garras del padre de la mentira (Juan 8:44).

Y es que las banderas clásicas del periodismo han sido arriadas por estos empresarios para izar en su lugar los trapos de sus filias y sus fobias. Sin aceptar la más mínima responsabilidad por esta inversión de valores, se declaran pobres “perseguidos” por gobernantes “enemigos de las libertades”… 
En Estados Unidos, Donald Trump es el primer Jefe de Estado de la nación más poderosa del mundo que se atreve a devolverle sus titulares de insidia y textos de infortunio a los privilegiados y hasta ahora inmunes dueños de la prensa.

“No estoy en contra de los medios. No estoy en contra de la prensa. Solo estoy en contra de los medios y la prensa falsa”, afirma el señor Trump. “La prensa se ha tornado deshonesta y, si no hablamos de ello, estaríamos faltando al pueblo estadounidense. La prensa está fuera de control”.

Al cuadragésimo quinto presidente de la Unión Americana sus detractores lo acusan de “dar un mal ejemplo a otros países”. Además, lo difaman de considerar “enemigo” a los periodistas, solo por demandar lo mínimo a los emperadores del monólogo: “¡Intenten informar de forma exacta y justa!”.

¿Cuántos gobiernos en Latinoamérica, por no surgir de las entrañas de la derecha conservadora, no son víctimas de la supuesta “prensa independiente”? 
¿A cuántos candidatos y propuestas de líderes progresistas, o que simplemente no obedecían a los monopolios informativos, se les hizo una guerra sucia para que no llegaran a la presidencia?

Trigo o cizaña

En Roma, en distintas ocasiones el papa Francisco ha debido poner el dedo en una de las peores llagas de nuestra época: la peste de la mentira. Él ha exhortado a los que “muelen cada día mucha información” que ofrezcan “un pan tierno y bueno a todos los que se alimentan de los frutos de su comunicación”.

En Nueva York, el NYT eleva el profundo tema de la verdad, a un espectáculo más de Hollywood, pero sin la calidad de un Woody Allen; una abstracta y vacía línea que debe interpretarse como una auto absolución ante el presidente Trump: “La verdad es difícil. Difícil de encontrar. Difícil de conocer. La verdad es más importante ahora que nunca”.

Son más diáfanas y concretas las palabras del Papa. Quien se encarga de las publicaciones “tiene la posibilidad de decidir si moler trigo o cizaña”. 
“Los medios de comunicación tienen sus tentaciones. Pueden ser tentados de calumnia, entonces, usados para calumniar y ensuciar a la gente, sobre todo en el mundo de la política”.

“La desinformación es probablemente el daño más grande que puede hacer un medio. Porque orienta la opinión en una dirección, quitando la otra parte de la verdad. (…) yo creo que los medios tienen que ser muy limpios, muy limpios y muy transparentes”.

Este es un estupendo llamado a recuperar los buenos hábitos y la salud perdida de la prensa en manos no tan dignas.

Empero, la triste historia de los latifundios mediáticos en Latinoamérica apunta hacia los capítulos más desdichados que ya han sufrido nuestros pueblos.

Si en el Sur no tuvieron ni tienen descanso, mucho menos escrúpulos, para denigrar gobiernos insubordinados a sus intereses, el presidente Donald Trump no será la excepción en el Norte.

Desprestigiar gobiernos y adelantar sus propios Golpes de Estados, impresos y por entregas puntuales, como el que se editó finalmente a sangre y fuego el 11 de septiembre de 1973 en Chile, es parte del bajo trabajo de algunos magnates de la prensa. Por supuesto, eso está muy lejos de ser el mejor oficio del mundo.

Es infamia, no periodismo.