A 86 años del terremoto de 1931: no hay fallas indocumentadas

Por: Edwin Sánchez
Monday 27 de March 2017
 A 86 años del terremoto de 1931: no hay fallas indocumentadas

I

En esta semana se cumplen 86 años de aquella primera gran tragedia del siglo XX. La Managua de taquezal fue sacudida con una intensidad de 4.7 grados en la escala de Richter, antes de las 10 y media de la mañana del 31 de marzo de 1931. Era un Martes Santo.

El mensaje telúrico para las autoridades fue que, en el tema de las construcciones, con Managua no se juega. Sin embargo, desde el general José María Moncada hasta Anastasio Somoza Debayle, a los altos funcionarios les valió un jocote la experiencia anterior. “No se puede con la naturaleza”.

Durante 41 años se levantaron viviendas, almacenes, hoteles, templos, Bancos, casas comerciales…, como si nunca hubiese ocurrido ni el más leve temblorcito. Y vino la catástrofe de 1972.

Posteriormente, Somoza y otras administraciones guardaron “la tradición”. El desorden urbanístico que prevaleció en los 90, y parte del 2000, le dejó un “centro” postizo a aquel garabato de capital.

Me acuerdo que a comienzos de este siglo, el doctor en geología estructural, William Martínez, al ver la negligencia oficial me formuló dos consideraciones singulares que contradicen la “tradición”, cuyos cimientos son la cultivada ignorancia y la inoperancia: “los terremotos no matan” y “los desastres son humanos, no naturales”.

Si se ha estudiado una falla, se ha acumulado mucha información y ya hay certeza de su capacidad destructiva, pero aun así alguien autoriza una obra en un suelo perturbado para habitarlo, para un negocio, para un hospital privado, o para diversión, el culpable de la desgracia anunciada nunca será el terremoto. Las calamidades también se fabrican. Es desidia.

Quizás se justifique lo que sucedió en aquella Semana Santa en Managua. No había estudios, ni un solo nicaragüense graduado de geólogo, mucho menos que existieran aparatos de alta precisión y satelitales como los hay en la actualidad. Las fallas eran indocumentadas.

Lo que no puede escudarse, detrás de ningún pretexto, es que Anastasio Somoza Debayle, contando con la extraordinaria asistencia en diversos ámbitos por parte de Estados Unidos, nunca trató de extraer una lección por lo que sucedió cuatro décadas antes.

Bien se pudo haber solicitado a Washington su colaboración para que vinieran ingenieros, geólogos y otras especialistas a examinar las causas de la hecatombe. Y empezar a hacer las cosas bien, es decir, con espíritu de desarrollo. Pero a algunos les cuesta mucho abandonar los viejos paradigmas del subdesarrollo.

II

El terremoto de 1972 no se hubiera evitado, es cierto, como tampoco el próximo y los que falten podrán ser conjurados. Pero como dice el refrán, “en guerra avisada no mueren soldados”. Con los informes que los expertos norteamericanos hubiesen proporcionado a los encargados de la ciudad en los años 40, 50, 60 y 70, el drama de 1972 no hubiera alcanzado proporciones dantescas.

Alguien dirá: ¿Ahora van a decir que hasta el terremoto fue culpa de Somoza? Claro que no. Pero sí es culpable por indolencia. Un hombre graduado en West Point, o un decano del Cuerpo Diplomático en Washington, Guillermo Sevilla Sacasa, ¿cómo iban a ignorar que existía una ciencia llamada Geología?

Japón y Taiwán son dos naciones que conviven, y exitosamente, con una tectónica muy dinámica. Sus metrópolis cuentan con rascacielos y torres; el mundo para ellos continúa. Aunque “les muevan el piso”, siguen para arriba. Los Somoza bien pudieron agenciarse el apoyo geocientífico de estas dos potencias.

Si se hubiera estudiado Managua, literalmente a “profundidad”, y el Distrito Nacional desechado casas y edificios erigidos en lugares peligrosos como son las fallas en sí –la de Tiscapa se activó en 1931 y 1972–, hoy quienes perdieron a una madre, a un bebé, a un tío, a tanta juventud, tal vez aún disfrutaran de la compañía de ellos. Pero al gobierno de entonces no le importó la seguridad de las familias.

Ahora, con dos terribles sismos, estamos enterados empíricamente lo que las fallas locales pueden generar. No hace falta ser un egresado de la carrera de geología para darnos cuenta que en el área donde se asienta Managua siempre habrá terremotos.

Aparte de las fallas locales, conocidas como la del Estadio, la de los Bancos, la de Tiscapa, y menores como la de Chico Pelón, dos enormes sistemas enmarcan la capital: al Oeste, la de Mateare que sube hasta El Crucero. Al Este del graben de Managua, la de Cofradía. Baja desde la caldera volcánica de Masaya y se extiende hasta el Lago Xolotlán.

Identificarlas ya es una ganancia. Investigar más es de ley. Los geólogos se han encargado de establecer que estas megaestructuras son capaces de provocar estragos. La información facilita que Managua puede ser una ciudad normal, donde se puede vivir, trabajar, divertirse y hasta construir de forma vertical. Ordenadamente, por supuesto.

III

Son magníficos los simulacros multiamenazas. Que todos comprendan cómo deben actuar ante un evento en escuelas, edificios de oficina, mercados, puertos… Es decir, en lo que ya está construido. Así se mejora la capacidad de respuestas tanto de la población como de los organismos y cuerpos coordinados por el Sistema Nacional para la Prevención Mitigación y Atención de Desastres, Sinapred.

Si lo que hoy se hace después de un jamaqueón es muy importante, lo que se haga antes, es todavía más necesario.

Hace falta el otro componente. El Mapa Geológico de Managua. Digamos, la Hoja de Ruta de la Vida, más ahora con el boom de las construcciones. Conocer dónde se puede edificar y dónde no hacerlo, porque los errores también se construyen.
Por eso los portavoces de la Tierra deben abandonar su hermético dialecto científico para que puedan ser comprendidos por las autoridades municipales, gubernamentales y la empresa privada. Hablar en cristiano cuándo se pone en riesgo la seguridad de las personas.

Los expertos son los que escudriñan los secretos recónditos que la capital guarda bajo los pies de sus habitantes. Por ende, los valiosos exámenes son esenciales para decidir apropiadamente sobre la superficie, por una sencilla razón: Managua es el lugar menos indicado para ser superficiales a la hora de las decisiones supremas. Ahí está la historia.

Un principio básico aletea en todo esto: si un terreno es atravesado por una falla, erigir una estructura justo encima de la misma es colocar una bala en el tambor del revólver.

Y hay dos formas de edificar, una para morir y otra para vivir: el manual de la Ruleta Rusa o el Mapa Geológico - Código de la Construcción.