Los diccionarios no tienen la última palabra

El 19 Digital
Friday 21 de April 2017
Los diccionarios no tienen la última palabra

Rubén Darío, gracias a Dios, no fue un forense del idioma disfrazado de académico: descubrió que las palabras tenían alma. Y resucitó el Castellano.

¿Qué ha pasado, pues? Hay palabras que antes gozaron de la aprobación académica. Los poetas las aprovechaban y ellas contribuían a ejecutar con gracia la obra maestra o… alumna. Pero cuando nadie se percató, fueron retiradas de los palacios y los claustros, y quienes presumían de un lenguaje culto, dejaron de escribirlas.

Sin embargo, las palabras que eran repudiadas en los salones prohibidos para el pueblo, perseveraron en habitar con sus sílabas completas entre las familias, entre la gente sencilla, esa humanidad que vista desde los palcos del privilegio tampoco era pueblo, ni familia, ni gente sencilla, sino, única y despectivamente, “vulgo”.

La injusticia comienza con el mismo idioma. Los productores del castellano, por ejemplo, no son tanto los letrados como los etiquetados, por encima del hombro, iletrados. Las palabras no vienen de “arriba”, surgen de “abajo” y después impregnan la sociedad que no habla para distanciarse, sino para unirse. La primera democracia es la hablada.

La palabra es el vehículo principal de una comunidad: es la materia prima y sonora de la paz, del entendimiento. Es el diálogo. Nada acerca tanto a la población de un país que su propia lengua. Es el Logos. No es casual que el Verbo se hizo carne y habitara entre nosotros, y no en las residencias de Herodes y Caifás.

No obstante, la alcurnia intelectual impone una división artificial, al punto que lo que ellos hablan es “culto” y lo que dice el pueblo, “vulgaridad”.

Los fundamentalistas del casticismo culpan al pueblo de ser responsable de macular la pureza del idioma, y hablar lo que, a extramuros de la academia, denominan “malas palabras”, aquellas que hieren tanto la sensibilidad de los “ilustres” como Don Jota de la Fuente y Heredia.

A Don Jota la “altisonancia” (así se refiere por profilaxis lingüística a las “malas palabras”) le incita un “¡fuchi!” bien trazado con el abecedario de sus “nobles facciones” y que escrito con la excelsa ortografía de su ceño de ocurrente –en su círculo basta y sobra para tildarlo “filósofo”– se continúa leyendo ¡fuchi!, aunque en primorosas letras góticas.

Complejo mundo este, en que por la insigne posición de Don Jota, es inaceptable la riqueza con que “el vulgo” ha nutrido el castellano. ¡Cuántas palabras de “cuna desconocida”, como sus mismos creadores, la han convertido en uno de los formidables idiomas que rotan con la Tierra!

A pesar de esta infinita contribución artística del pueblo al lenguaje natal, el destino lexicográfico de estas “pequeñas” creaturas que engrandecen el idioma no está en manos de sus productores originales, sino de un reducido círculo.

…Anantes

Sin dudas que aquí entramos en un problema de orden estructural, igual que la América que se “independizó” en el siglo XIX. La elite, al importar espléndidas constituciones europeas, provocó que el mundo jurídico quedara tieso por un lado y las realidades nacionales se movieran muy dinámicas por el otro.

Así, el inmenso río oral corre caudaloso, vivo, ancho y profundo, mientras a la par se le ha construido una gramatical pileta de aguas estancadas donde solo el pueblo, como el ángel de Betesda, puede poner en pie la ortografía, sintaxis y diccionarios ahí postrados.

Si hay un pueblo que usa sus palabras antiguas y sus floridos registros coloquiales, estas no deben ser despachadas al cementerio antes de tiempo. Es inhumano enterrar una palabra viviente porque es sepultar la voz de la gente.

Decir “anantes” es “incorrecto”, acusan. Y en el diccionario no aparece sino “enantes”, pero este reconocimiento tiene más de epitafio que de testimonio de su vigencia: “adverbio desusado”. Podrá ser desusado por Don Jota y congéneres, pero enantes y anantes lo siguen hablando más en Centroamérica que el desconocidísimo “logomaquia” en el mundo hispano conocido, y esto, sea de paso dicho, no se trata de una “Discusión en que se atiende a las palabras y no al fondo del asunto”.

Además, es muy probable el origen asturleonés de anantes, para calmar a quienes siempre andan hurgando prosapias en todo para sentirse con la debida confianza.

Algunos en el Pacífico de Nicaragua en los años 70 se reían, arremedaban y rechazaban palabras que en el norte segoviano aún se oyen como si las estuviera platicando Don Quijote: vide, mesmo, agora, la calor… Pero no sucede lo mismo cuando en la región más poblada del país desde albañiles, orfebres, zapateros hasta doctores e ingenieros, mencionan hoy con notable sonoridad “haiga”.

Y “haiga” es una de las primeras palabras que entraron con los conquistadores españoles y que se arraiga en todos los estratos del país, y aunque a los oídos sensibles de Don Jota suene al chirrido de una tapa en el áspero embaldosado, debería habilitarse con todos los derechos de cualquier “noble” vocablo.

En Madrid, un integrante de la Academia me dijo, de manera personal, que la palabra referida no era mal dicha. Él la aprobaba, lejos de insultarla. Pero no la absolvía de su “anacronismo”: “Que no es propio de la época de la que se trata”, dicta el diccionario.

¿Entonces? Los duchos invocan “la norma culta”: haya. Y no se ahorran los más ingratos epítetos contra el pueblo que por todo lo alto menciona “haiga”: es “incorrecta”, un “arcaísmo”, un “vulgarismo” del “habla popular” y por si fuera poco, un “barbarismo” de gente “rural”.

El lenguaje y su tratamiento es una vitrina de las enormes injusticias de los hombres. Los magistrados del idioma no juzgan con la misma vara a todas las palabras. Sus condenas son más eternas que las del cristianismo que predica el perdón y el arrepentimiento, y aún más inflexibles que las dictadas en los Estados donde prevalece la pena de muerte, porque ahí el Presidente puede conmutar la sentencia fatal.

“Perrito caliente”

En cambio, la erudición académica, al menospreciar el empirismo para comprobar sus propias definiciones, como se ha visto, no se siente obligada a practicar las virtudes que conceptúan, por el caso, en el lema “Misericordia”. Los jueces nunca aprobaron una suerte de limbo para darle a la palabra indiciada, la última oportunidad de probar su inocencia.

Con todo, el público hace justicia por su propia boca al proclamar, con su uso, libre de culpa a la palabra proscrita.

Ahora, si hay palabras que el mismo núcleo de leídos no las ocupan más allá de lo que pretenden enunciar, al sufrir de un “desuso” literal en su ámbito, bien podrían ser deportadas del diccionario. “Democracia” es una de ellas, con todo y sus hermosas cinco acepciones. Porque nada es más antidemocrático que desoír lo que bien dice el soberano.

En esto podemos pensar cuando se firma el certificado de defunción de expresiones que tienen el aliento de las mayorías, pero la academia prefiere declarar con vida las que nadie respira.

Si unas locuciones han sido arbitrariamente expulsadas del vocabulario, acusadas de “desuso”, cómo explican que una gran cantidad de términos que la población no utiliza cotidianamente para darse a entender, sean las mimadas por los especialistas.

“Haiga” la pronuncian todos los colectivos, pero resulta ser una palabra indocumentada. Y, peor, solo vocalizada por los “incultos”. En cambio, “reconcomio” es acomodada en los diccionarios y aplaudida por la academia, los lingüistas y los sofisticados infaltables, cuando son contados sus usuarios y pocos los que saben qué quiere decir.

Ya no digamos “boutade” que, sin hacerle falta a ningún hispanoparlante, fue canonizada por la academia directamente del francés, amén de eximirle su falta de circulación vocal. La única explicación es la de su propio significado que describe a no pocos “doctos” y “sabias”: “Intervención pretendidamente ingeniosa, destinada por lo común a impresionar”.

Bien sabemos que nadie dice “perro caliente” cuando compra este tipo de comida, y que si busca en el diccionario tampoco encontrará un “hot dog”. ¿Qué hacer?, decía Lenin.

A veces, por conservar supuestamente la pulcritud del idioma, esta rigidez lleva a extremos ridículos: ¿quién se atrevería decirle al vendedor del carrito “deme un perrito caliente”, tal como lo ordena la “lengua culta”? ¿Acaso es de “incultos” comer “hot dog”?

La decisión de aceptar el generalizado “parquear” americano, de origen latino, pero que unos suponen prestado al inglés “parking” o al francés “parc”, es un acierto académico al “estacionarlo” bien en el idioma, y no multar a nadie por no emplear el muy ibérico “aparcamiento”.

Pero, de nuevo, ¿qué se entiende por “desusado”? El Instituto Cervantes en 2015 calculó unos 513 millones hablantes del español en el mundo. Estos usan “parquearse” y “estacionarse”. Y solo hay 47 millones de España que gustan “aparcarse”.

¿La lexicografía oficial debe regirse por la “norma culta” del “desuso” minoritario o la “norma liberal” del multitudinario uso extendido? ¿Aristocracia o Democracia?

Los diccionarios no tienen la última palabra. Ni Don Jota. La soberanía del verbo reside en el pueblo… y en Don Quijote.