Es hora de voltear las páginas fatales de la historia EEUU-Nicaragua

Por: Edwin Sánchez
Wednesday 24 de May 2017
Es hora de voltear las páginas fatales de la historia EEUU-Nicaragua

I

“Las páginas fatales de la historia”, como retrataba Rubén Darío las tribulaciones de Nicaragua, están excesivamente sobrecargadas de injerencismos, agresiones, ocupaciones, palanqueos políticos, candidaturas “bendecidas” desde la Legación Americana, cercenamiento de territorios insulares (Tratado Bárcenas Meneses - Esguerra, 1930), bloqueos y chantajes económicos…, ejecutados, sin misericordia alguna, por no pocos presidentes de Estados Unidos.

Ni siquiera los camposantos se salvaron de las intervenciones: “Marinos borrachos acompañados de prostitutas invaden el cementerio de Managua y derriban cruces y estatuas. 5 de junio de 1928” (El pensamiento vivo de Sandino, S. Ramírez, p. LXXIII).

¿Por qué esa enfermiza idea fija de avasallar a una pequeña nación, a la que además su casta colonial le ha impedido su normal desarrollo y la han hundido, al punto de que aun hoy es el segundo país de América más empobrecido? ¿Por qué la poderosa cúpula de Estados Unidos, desoyendo las voces sensatas desde el Capitolio e incluso de gobernadores, en vez de reparar el descomunal yerro de su política hacia Nicaragua, más bien la sistematizó hasta lo execrable?

En 1928, el demócrata Huddleston, en la Cámara de Representantes, reclamó con vehemencia: “Un gobierno inepto (Calvin Coolidge) nos ha colocado en una situación difícil y ahora debemos luchar para salir de ella. En Nicaragua EXISTE UNA GUERRA QUE NO ES DEL PUEBLO NORTEAMERICANO, SINO DE LOS QUE ESTÁN A CARGO DEL GOBIERNO. Mientras nuestro embajador de la paz (Charles Lindbergh) atraviesa los aires, NUESTROS EMBAJADORES DE LA MUERTE LUCHAN entre los matorrales de Nicaragua POR UNA CAUSA QUE NO ES LA NORTEAMERICANA” (Sandino, General de Hombres Libres, Gregorio Selser, p353).

En abril de 1929, Dwight Morrow, embajador de Estados Unidos, solicitó una entrevista al presidente Emilio Portes Gil. El objetivo: que el gobierno de México reconociera al presidente de Nicaragua, general José María Moncada.

Portes Gil le comunicó al enviado del recién estrenado presidente de Estados Unidos, Herbert C. Hoover, que la “norma invariable de la Cancillería” mexicana era no tratar con “ninguna administración en aquellos países en que exista un orden de cosas contrario a la organización política de los mismos y mientras –violando su soberanía– se encuentren en sus territorios fuerzas armadas de otro país”.

En “El Pequeño Ejército Loco”, del insigne autor argentino, leemos parte del encuentro: “Es ésta, señor embajador, la causa por la que México no reconocerá al gobierno del señor Moncada, mientras subsistan tales circunstancias; pues no quiero ser yo el primer Presidente que rompa con esa norma, que me parece patriótica y digna por todos los conceptos”.

Al insistir el señor Morrow de que México habilitara su embajada en Managua, el mandatario, a modo de ejemplo, invirtió la trágica situación de la nación sometida: “Quiero suponer por un momento que los papeles fuesen otros y que, en lugar de Nicaragua, el país invadido fuera Estados Unidos. ¿Qué sentiría usted, señor Morrow? Seguramente estará usted en el fondo, conmigo, en mi modo de pensar. Y tengo la seguridad de ello porque usted no es persona que trate de defender a todo trance, lo mismo que la justicia, la injusticia. Usted es hombre de corazón y siente en el fondo de su alma esta situación, que está costando a los Estados Unidos tanta sangre, tanto dinero y, lo que es más sensible, tanto prestigio continental”.

El Jefe de Estado que nada tenía que ver con la Rusia “comunista”, conocía lo que había padecido la nación centroamericana, de ahí su digna actitud ante el emisario angloamericano.

II

William H. Taft, con su brutal Nota Knox (1909) desmanteló el gobierno del presidente José Santos Zelaya, y tras la imposición de los despiadados Pactos Dawson (1910), pulverizó todo vestigio de aquella unidad geopolítica y cultural llamada Nicaragua, aniquiló el elemental derecho de ser país y arrasó con los derechos humanos de los nicaragüenses.

Se institucionalizó la corrupción en función de los acreedores norteamericanos, el saqueo de las arcas del Estado a través de la Aduana de la República, y los militares, las compañías y financieros del país interventor controlaron desde la banca, el comercio, la producción, las exportaciones, las comunicaciones, la prensa, las elecciones “presidenciales”, las “relaciones diplomáticas” hasta la generación de la energía eléctrica. La “Nicaragua ideal” de los vendepatrias de toda la vida.

17 años después, el General Augusto César Sandino, a la sazón de 32 años, se alzó en armas contra las tropas USMC, como George Washington también lo hizo frente al Imperio Británico. Sin embargo, los lamentables sucesores del prócer, Coolidge y Hoover, lo llamaron “bandolero”.

El 29 de febrero de 1928, Carleton Beals reportó: “–Permítame repetirle –declaró el general Sandino– que no somos más bandidos de lo que lo fue George Washington. Si el pueblo norteamericano no se ha vuelto insensible a la justicia y a los derechos elementales humanos, no olvidará tan fácilmente su propio pasado, cuando un puñado de soldados harapientos marchó a través de la nieve, dejando tras de sí huellas sangrientas, para conquistar la libertad y la independencia. Si sus conciencias no se han endurecido por el disfrute de la riqueza, los norteamericanos no olvidarán tan fácilmente la lección que, tarde o temprano, toda nación, por débil que sea, obtiene su libertad y que cada abuso del poder apresura la destrucción del que lo ejerce.

“–Nosotros iremos hacia el sol de la libertad o hacia la muerte: y si morimos, nuestra causa seguirá viviendo: otros nos seguirán”.

III

El Frente Sandinista continúa el sendero. ¿Por resentimiento, por venganza, por ser yanquifóbicos? Por supuesto que no. Tanto derecho tenían los Padres Fundadores de EEUU a luchar por la Independencia como Nicaragua a su autodeterminación: ser Estado-Nación.

50 años más tarde de la cita Portes Gil-Morrow, el novelista Carlos Fuentes pareciera extender la conversación. Las páginas no habían cambiado.

Conmovido por la desproporcionada agresión económica y armada que sufría Nicaragua en los 80 por parte de la súper potencia mundial, instigada por Ronald Reagan, el escritor contrastó:

“Los Estados Unidos pasaron una década sin elecciones antes de la inauguración de George Washington, le negaron el voto a la mujer y a las minorías y mantuvieron la más deleznable y antidemocrática de todas las instituciones: la esclavitud. ¿Hubiesen sido éstos motivos suficientes para autorizar la intervención extranjera contra el gobierno naciente de Estados Unidos? ¿Merecía Abraham Lincoln ser derrocado por la intervención extranjera cuando declaró el estado de emergencia y suspendió el habeas corpus y otros derechos después de 1861?” (Ensayo sobre Nicaragua, Nuevo Amanecer Cultural, 1988).

Para dejar muy claro lo que desea Nicaragua con el gran país del Norte, leamos lo que el 3 de febrero de 1933 Augusto César Sandino revela a un corresponsal de la United Press. El Héroe demostró su grandeza intemporal, y a la vez, definió meridianamente la calidad espiritual y política que distingue al Sandinista de cualquier político:

“Puede decir a los lectores (norte) americanos que he estado enfrente de los Estados Unidos, durante muchos años, obligado por el deber máximo de defender la autonomía de Nicaragua; pero que no les guardo rencor ni odio. Hay más: considero factor importantísimo al pueblo americano en el equilibrio continental, siempre que sus relaciones se desarrollen sobre bases de justicia” (Últimos días de Sandino, Salvador Calderón Ramírez, p68).

Estas anotaciones son apenas una ínfima parte de la triste relación de Estados Unidos con Nicaragua. La grandeza del país de las barras y las estrellas no se corresponde con la pequeñez de presidentes como Taft, Coolidge, Hoover, Nixon, Reagan.

Es hora de voltear las páginas fatales de la Historia.