¿Efecto Invernadero o Cambio Climático?

Por: Edwin Sánchez
Tuesday 20 de June 2017
¿Efecto Invernadero o Cambio Climático?

I

Si la raza humana continúa como va, el Apocalipsis está a la vuelta de la esquina. Pero no debe ser esa la tarea de los vivientes. Desde los albores de la civilización, el primer y más grande encargo fue administrar, no arrasar, un Jardín, el del Edén. Su enseñanza consiste en el uso racional de la naturaleza. Y así empezó esta magnífica relación entre el Creador y sus creaturas: con un Acuerdo de Vida.

El mismo nombre Adán, coinciden muchos eruditos, proviene del término hebreo ha-adamah, tierra, es decir, el hombre proviene del barro, o como se recuerda el Miércoles de Ceniza, del polvo.

El hombre y la mujer es la tierra que habla. No está fuera de lugar que un país como Nicaragua plantee un mundo más humanizado, donde no se pierda la innegociable agenda de las sociedades: cuidar de su planeta.

El Acuerdo de París no le hizo honor a la Ciudad de la Luz. No fue un consenso brillante. Nicaragua luchó para que el documento alumbrara con mayor claridad la gravedad del problema y tuviéramos claro ante qué nos estamos enfrentando.
Hay líderes que ven un paso adelante con el Acuerdo – de hecho, peor es nada–, sin embargo, la velocidad supersónica con que se destruye el planeta no puede responderse al paciente ritmo de una yunta de bueyes cuesta arriba.

Si la misma gente que no carga sobre sus hombros el destino de la población mundial, cumple con solvencia sus jornadas laborales, ¿por qué en la lucha por la sobrevivencia de la Tierra, los principales responsables de los países megaindustrializados no marcan tarjeta?

II

No llamar las cosas por su nombre contribuye a la agonía global. Cuando este Club Exclusivo de las potencias habla solo de Cambio Climático, apenas aborda una parte del desastre. La cuestión de fondo se diluye, porque el “cambio” nos remite a los acontecidos en siglos precedentes y facilita urdir el pretexto seudo científico de que “siempre ha sido así”.

En París se cuidó de pronunciar el nombre clave del Juicio Final adelantado. Lo correcto es hablar de Efecto Invernadero y Cambio Dramático. Aquí está la verdadera madre del cordero.

El Efecto Invernadero es producido por los combustibles fósiles, las industrias y la codicia; si bien resultan muy compatibles con el enriquecimiento de unos pocos, son incompatibles con el futuro de los mortales.

Estos son los gases de los “tiempos modernos”: metano, ozono troposférico, óxido nitroso, dióxido de carbono, CO2 clorofluo carbonos.

Y son esas nubes mortíferas las que ensucian el azul del cielo e impiden que el calor solar abandone la atmósfera y mantenga en jaque a la raza humana.

Las principales erupciones volcánicas han causado a lo largo de la historia un Efecto Invernadero natural y su secuela, el cambio climático. Son nublados temporales, en relación a lo permanente que genera la voracidad ilimitada del hombre.

Además, dentro de la perfección divina, nada es desechable: los suelos quedan muy fertilizados, por ejemplo. Y, quiérase o no, Dios ha ocupado los volcanes para profetizar lo que ocurrirá si nadie detiene a los poderosos en su fundamentalista culto a Mammón, dios de las riquezas: ya asoma el altar donde están dispuestos a inmolar todo lo que respire.

III

Las potencias que firmaron el Acuerdo de París y el mismo presidente Donald Trump que retiró la rúbrica del Tío Sam, deberían leer a Al Gore, el Vicepresidente de los Estados Unidos (1993–2001) más preocupado por la suerte de la Tierra.

Gore sistematizó cronológicamente la causa y efecto de las hecatombes telúricas, incluso, en el comportamiento de la gente. El cambio no solo es climático, sino humano, social, político, económico.

La súbita extinción de la Civilización Minoica –de donde Platón basa su relato sobre la mítica Atlántida y su desaparición en un solo día– ocurrió a consecuencia del estallido de la isla volcánica Santorín, Creta, en el año 1600 a. de C. . Su fuerza superó por mucho al del Krakatoa, en 1883.

Cinco siglos más tarde, el volcán Hekla, de Islandia, entre 1,150 y 1136 a.C., lanzó millones de toneladas de polvo y partículas a la atmósfera. Registros en tiras de bambú indican lluvia gris y caída de cenizas durante tres días en China.

Además, los arqueólogos afirman que en esa época desapareció el 90% de los habitantes de Escocia y del norte de Inglaterra. El análisis de las muestras del terreno sugiere que las abundantes precipitaciones y las bajas temperatura obligaron a abandonar temporalmente la práctica de la agricultura.

IV

Si somos capaces de leer más allá, tomaremos nota de la Gran Advertencia que nos hace Dios a través de las potentes cámaras magmáticas de los colosos. 

“A partir de 1816, el ‘año sin verano’, la pérdida generalizada de cosechas y la subsiguiente falta de víveres provocaron disturbios en casi todos los países de Europa, originándose un fervor revolucionario que barrió el continente durante tres años…. Todos los gobiernos luchaban por mantener el orden social, mientras en las ciudades se desataba una ola de criminalidad sin precedentes. Hasta la población suiza asistió perpleja a un repentino aumento de la actividad delictiva. Asimismo, crecieron el índice de suicidios y el número de ejecuciones de mujeres por infanticidio”.

“Europa estaba aún recuperándose de las guerras napoleónicas y vivía un periodo de grandes cambios. Pero la causa inmediata de tanto sufrimiento e inquietud social, aunque por aquel entonces nadie podía llegar a imaginarlo, fue una alteración en la composición de la atmósfera planetaria, debido a una serie anormalmente prolongada de erupciones en el Tambora, volcán de la isla de Sumbawa, Indonesia, durante la primavera de 1815”.

Además de la mortandad directa por el evento volcánico, Gore apunta: “los peores efectos en el resto del mundo no se dejaron sentir hasta un año más tarde, cuando el polvo lanzado al cielo se extendió por toda la atmósfera, reduciendo de manera drástica la cantidad de luz solar que llegaba a la superficie terrestre y haciendo bajar las temperaturas”.

“En Nueva Inglaterra se produjeron nevadas generalizadas en junio de 1816 y heladas en verano. Desde mayo a octubre llovió casi sin interrupción de Irlanda central a los países bálticos. Las consecuencias sociales de los trastornos climáticos están minuciosamente documentadas: pérdida de cosechas, disturbios por falta de alimentos, casi un desmoronamiento de la sociedad de toda Europa”.

El 45 Vicepresidente de EEUU alerta: “… las erupciones volcánicas que se han registrado a lo largo de la historia aportan datos importantes en tres sentidos. En primer lugar, demuestran hasta qué punto depende nuestra civilización de unas condiciones climáticas estables como las que hemos disfrutado durante la mayor parte de los últimos diez mil años. En segundo lugar, ponen de manifiesto que las tragedias que asolan una zona del mundo pueden haber sido causadas por cambios climáticos originados en otro lugar completamente distinto. Y, por último, indican cuáles podrían ser las devastadoras consecuencias de un cambio comparativamente grande y repentino provocado por el hombre en el sistema climático global” (La tierra en juego, Al Gore, Emecé editores, pp. 66-67).

El Efecto Invernadero tiene ejecutores muy concretos, con nombres, apellidos y tesoros particulares… o nacionales. Mientras, el Cambio Climático vuelve gaseoso el problema de fondo: todo el mundo es culpable.

Como diría Hemingway, París era una Fiesta para los absueltos.