Himno Nacional: Banda sonora de la Democracia

Por: Edwin Sánchez
Tuesday 11 de July 2017
Himno Nacional: Banda sonora de la Democracia

La banda sonora de la Democracia es el Himno Nacional. Este es uno de sus magnos servicios a la República, tan suficiente que Nicaragua, al ejecutar la sinfonía de su soberanía, no necesita ni la letra ni la música de otro país.

No es casual que el pueblo, al contar con un buen oído para la armonía colectiva, abuchee a los desentonados. Que rechace el ruido insidioso de quienes pregonan “la transición” del rugir de los cañones. Si esta cofradía desafinada perdió las partituras de la realidad, y por ende el ritmo de la historia, no fue por batutas ajenas.

Reconocer un revés, sin recurrir al expediente fácil de culpar a otros, no es para cualquiera. Convertirlo en experiencia, en vez de rencores y odios, es para esa estirpe de cultores del éxito al que perteneció Thomas Alva Edison, quien avanzó de la densa penumbra de los fracasos a enchufar el mundo a la luz.

Con todo y lo que la derecha conservadora vociferó, lo único cierto es que el FSLN ganó en 2016. Sus candidatos, con una altísima valoración en la tabla de las personalidades destacadas, pulsaron más que el propio partido en las diversas encuestas.

Meses después de los comicios presidenciales, las firmas consultoras comprobaron que los resultados del árbitro electoral no los había borrado el tiempo ni mellado la infamia de la derecha visceral.

M&R dató en abril que el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo va en la dirección correcta. Así lo juzgó el 74.1% de la población. En junio, un estudio de Siglo Nuevo encontró que la suma del respaldo ciudadano a la presidencia y gestión del gobierno sandinista ascendía al 80.4%.

La eficiencia de una formación política no depende del voluntarismo de sus directivos. Su suerte y destino no está ligada a que si la detesta un gobierno, si nace del poder o si le cae en gracia a los que por sus pistolas mediáticas y blasones se creen dueños absolutos de la verdad.

El Proyecto Nacional, Pronal, era hijo dilecto de la administración Chamorro, pero no dejó ni rastros. El expresidente Bolaños tampoco logró heredar su “carisma” a la Alianza por la República, incoada bajo su amparo.

El MRS, por su lado, cuenta con la gloria triste de ser, en los anales del país, el único partido que el Congreso Nacional de la República ha dado a luz, o mejor dicho a la oscuridad, porque no fue chineado ni cobijado por la voluntad popular.

Ese ha sido el destino de las ambiciones descontroladas, de los que, cuando les llegó el momento de aprovechar la oportunidad, no andaban de santulones preocupados por el Estado de Derecho ni la Constitución. Pero cierta gente, al no conseguir sus caprichosas candidaturas, menos ganar, difaman, ofenden y, en pleno aquelarre de inquinas, atizan como “única salida” la violencia.

No en vano la dirigente de Ciudadanos por la Libertad, Kitty Monterrey, alertó el 16 de junio sobre las intenciones de la extrema minoría. Ella conoce muy bien a ese “liderazgo”: “Y quienes estamos haciendo política debemos reflexionar y preguntarnos si esa aparente apatía política de muchos ciudadanos no será una reacción natural ante la carencia de propuestas de acción y la multiplicación de discursos incendiarios que quieren llevar al país por un sendero de guerra”.

De la tóxica falacia de los ultraconservadores –que desde hace rato quieren contaminar la atmósfera sociopolítica de Nicaragua– habló la señora Monterrey cuando advirtió: “Es inaceptable que muchos liderazgos políticos que se autollaman democráticos, sigan ofreciendo a los nicaragüenses esa falsa alternativa entre la dictadura y la guerra, cuando existen mecanismos cívicos que nos pueden llevar a obtener el resultado de prosperar como nación en paz y democracia”.

Lo que hacen estos impostores de la democracia, al maldecir los sufragios, es querer asesinar la reputación de Nicaragua, propalando las falsedades más descabelladas, en un afán de ahuyentar a inversionistas y turistas.

La Soledad Civil

El comandante Ortega dijo, durante el Congreso del Sandinismo, que las elecciones son “para la Paz, para la Seguridad de las Familias nicaragüenses. Ese es el principal y mayor objetivo de estas Elecciones. Profundizar la Democracia, que significa profundizar la Paz…”.

Si bien es cierto que no todo es perfecto, que hay desafíos, porque no son obras de manufactura celestial, el país está muy lejos de caer en una crisis, en la barbarie que anhelan los instigadores de siglas desérticas.

La presencia misma de la Organización de Estados Americanos es un valor agregado a esa paz que excede los discursos tradicionales, por su volumen de contenidos sociales y económicos.

Días antes del Congreso Sandinista, la Vicepresidenta Rosario Murillo estimó que “estas son elecciones que nos unen a los nicaragüenses. Son elecciones en las que vamos a contender, a competir por las distintas Alcaldías, pero hacerlo con respeto, con una Cultura Política diferente, en armonía, y sobre todo, lejos de la conflictividad, del insulto, de la ofensa, de la agresividad, características de otros tiempos, otras Campañas Electorales”.

Los altercados, las riñas callejeras, el festival de malas palabras o “malsonantes”, como prefiere decir el presidente de la Academia Nicaragüense de la Lengua, Francisco Arellano Oviedo, marcaron las elecciones en el pasado.

Ahora los “líderes” de la Soledad Civil, al no ver pleitos ni los fuegos fatuos emanados de la politiquería, dicen que “no hay ambiente electoral”. ¿Es que una “fiesta cívica” es sinónimo de bochinche?

Hoy más de tres cuartas partes de la sociedad está dispuesta a participar en las elecciones municipales. Los distintos sondeos de opinión coinciden en que las mayorías no estiman como opción la confrontación. De ahí que en el clímax de la amargura, los radicalizados rescoldos del pasado descalifiquen al pueblo de “apático”.

El inteligente historiador Aldo Díaz Lacayo precisa que a partir de 1824 se inicia un caótico periodo, cuando “la violencia armada se convierte en categoría política fundamental para la conquista del poder en Nicaragua y se fija en el inconsciente colectivo nacional como parte de la idiosincrasia nicaragüense” (Gobernantes de Nicaragua, 2002, p. 22).

A pesar de la diatriba de la solitaria hiperderecha que ansía ver de nuevo que el suelo se tiña con sangre de hermanos, hay estabilidad, no apatía. Es la Paz Trascendente: el Himno se hace pueblo.

Hemos superado la fatal “idiosincrasia”. Gracias a Dios.