La “disidencia” en los días del Poder y la Gloria

Por: Edwin Sánchez
Thursday 20 de July 2017
La “disidencia” en los días del Poder y la Gloria

De la “Soledad del Poder” es lo que menos se puede acusar a la Revolución Sandinista de 1979-1990. Hacerlo sería demostrar una colosal falta de honestidad con Nicaragua y el mundo. Pero los historicidas se ponen de moda en julio.

En los 80 existió un gobierno multiplicado, con decisiones colegiadas o colectivas. La cosecha –buena, regular o mala– por honor revolucionario, debió ser compartida. No fue el resultado de una sola persona. De modo que no es creíble aquel militar retirado que cuando pondera aciertos, habla en la primera persona del Supermán, “yo”, y cuando tiene que admitir decisiones desafortunadas, habla en la primera persona del mortal y corriente plural, “nosotros”.

El expresidente de Ecuador, Rodrigo Borja, en su Enciclopedia de la Política, define la Soledad del Poder: “Es el trance desolador que con frecuencia precede a la toma de decisiones trascendentales de gobierno, cuyos efectos resultan generalmente duros para la sociedad. El gobernante sabe que está solo en esa responsabilidad. Puede tener muchos o pocos asesores, puede escuchar pocas o muchas opiniones, pero al final son él y su conciencia, envueltos en la más absoluta soledad, los únicos que han de asumir la responsabilidad de la resolución tomada. A todo gobernante le halaga la sensación de ser popular, de gozar de estima y de tener popularidad, pero a veces la popularidad es incompatible con la toma de ciertas decisiones y, en ese trance, un gobernante responsable debe sacrificar aquélla en aras de ésta”.

No fue este el caso de la Nicaragua post Somoza. Sin embargo, la derecha más anacrónica se ha valido de su propia tradición para fabricar a su gusto una versión ahistórica de la Revolución, dividiéndola incluso según sus intereses, y acabar de atropellar la realidad con sus graves distorsiones y descontextualización de los acontecimientos.

El asunto de fondo es imponer su narrativa de plastilina. Pero lo peor de todo es que la ex-izquierda asuma como suyo los postulados más cavernarios y tomen una sideral distancia de sus días de gloria y soberbia. Es la ley de los extremos: unirse.

Califican de “dictadura” a la Revolución Sandinista 1979-1990 y lo mismo, descomponiendo los hechos, extienden esa acusación a la segunda etapa, 2006-2016, cuando la Revolución marca con profundidad, la inclusión y la justicia social, bases de una paz firme y duradera.

Recuperar la dignidad de los condenados de la tierra y a la vez del país, no siempre es bien visto por los remanentes del viejo orden. De ahí que el enjuiciamiento solo obedece a la frustración de que no fueron los grupos elitarios los que hicieron posible el cambio y el liderazgo de estos procesos.

La manipulación y el engaño, la incurable aversión al Sandinismo que no pudieron domesticar y la vehemencia de las artimañas se concentran en desacreditar aquel inicial proyecto. Trastornan los eventos, ven solo lo que les conviene y arrancan de los anales nicaragüenses las páginas reales para encuadernar las de su decimonónico pensamiento conservador.

Es tan retorcida la lectura de lo ocurrido en los 80, que guardan en sus “archivos” dos Revoluciones, según sean los personajes. Se perciben así el himno y la diatriba, las filias y las fobias.

Y esto si no es periodismo, mucho menos que sea un compendio de la Historia de Nicaragua. Es solo un vilipendio que trata de traficarse, en medio de rencores y odios, como “testimonio” de un tiempo. Un tiempo imposible de obviar, claro está, pero también fácil de denigrar.

Así, cuando se refieren al Presidente de ese periodo, comandante Daniel Ortega, es “dictadura”, “totalitarismo”, “censura”… Si hacen alusión al Vicepresidente que más poder ha tenido en la Historia, Sergio Ramírez, solo es “la Revolución”, o simplemente lo desligan del pináculo de las decisiones que para bien o para mal afectaron a la nación.

Si le ofrecen sus páginas a Henry Ruiz, es el comandante tal vez de una revolución en la Luna, romántica y pura como un bolero de Bienvenido Granda; no fue uno de los poderosos líderes de la Dirección Nacional, nada que ver con la “dictadura sandinista”. Ergo, era un “demócrata” que “sufrió” en silencio. Daniel “no le daba espacio” para decir lo que pensara, menos que pudiera actuar.

Lo mismo ocurre con otros y otras, como las comandantes Baltodano y Téllez, tan “susceptibles” con los derechos humanos y la libertad. En noviembre de 1986, Eduardo Galeano, con conocimiento de causa, aseguró: “Actualmente hay mujeres en el Gobierno sandinista, en los niveles de más alta responsabilidad”.

Baltodano, muy ligada a las municipalidades, bien sabía en el terreno lo que estaba causando, en el seno de las familias, el Servicio Militar. Téllez, al dirigir la cartera de Salud, conocía perfectamente bien cuántos muchachos ingresaban en los hospitales, víctimas de la guerra.

Alguna fibra del corazón, si es que lo había, debió haber cimbrado en estas damas como para “despertarlas” del “ensueño revolucionario” e incidir en rectificar la Doctrina Militar que aprobaba, cuadrándose militarmente, el general Hugo Torres.

Sí, bien pudieron “componer el mundo” y demostrar de qué material estaban hechos los fundamentos de su “democracia” que en la actualidad tanto “predican”: si era de “oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, hojarasca”.

Pero Ramírez, Ruiz, Baltodano, Téllez, Torres y Cía., se lavan las manos y dictan sentencia contra los que hoy saben hacer mejor las cosas que cuando ellos detentaron el mando sin restricciones.

Todos respaldaron, sin fisuras, las políticas económicas que perjudicaron al campesinado, ese del que ahora dicen ser sus “grandes defensores (?) ante el Canal. 
Y así los “cuadros” responsables del “Departamento de Agitación y Propaganda” y “Barricada”, que ayer eran los comisarios políticos de la “dictadura”, ahora se ofertan como gendarmes de la democracia y la libertad de prensa, tras haber sido –huérfanos de imaginación y creatividad– mecánicos reproductores de los agotados estereotipos ideológicos del este europeo.

Ya nadie asume, entre ese “poetariado”, las consignas del conflicto bélico; ya ningún intelectual o artista “disidente” se hace cargo de sus creaciones, como aquella singular: “Sin una juventud dispuesta al sacrificio, no hay Revolución”.

La “disidencia” es otra forma de irresponsabilidad paterna.