Con el corazón de la paz o los demonios de la guerra

Por: Edwin Sánchez
Tuesday 25 de July 2017
Con el corazón de la paz o los demonios de la guerra

Las elecciones, más que el sufragio por un candidato, significan la renovación de nuestros votos por un definitivo “adiós a las armas”.

Líderes de las iglesias tanto Evangélica como Católica no abjuran del proceso electoral. Es la ruta idónea de un país con altas miras.

Quienes desde su fe abundan en la extensión de la estabilidad, del respeto entre los nicaragüenses, no son dados en hacerle propaganda a un aspirante en particular ni mucho menos a una casilla partidaria. Son los convencidos de que los malos sentimientos dañan el espíritu y acarrean males a una nación.

Desde esa alta perspectiva, su mayúsculo interés está en el instrumento en sí, mecanismo de la Democracia para que el pueblo escoja a sus representantes.

Los cristianos y cristianas con sinceridad coinciden en que los comicios continúan siendo la mejor vía para construir, con bases muy sólidas, la armonía, no la uniformidad. Mal haría alguien que, profesando el Credo de la Verdad, vaya en sentido contrario, en respaldo a los que con su arrogancia, no aceptan sus derrotas electorales.

No es de sabios, tampoco, apuntalar soberbias ni dar por cierta una mentira, por mil veces que sea repetida por las siglas deshabitadas que denigran las elecciones.

Al pertenecer a una sociedad que es judeocristiana (96 %), entendemos que ni los correligionarios de los partidos ni sus fiscales provienen de las otras religiones conocidas en el planeta. Es decir, no estamos hablando por un lado de posiciones irreconciliables en materia de fe y práctica, sino de códigos compartidos.

Esto puede ser una explicación del por qué el discurso del odio, más allá de los espíritus de la ponzoña, no trasciende en Nicaragua.

Maldecir el país no acarrea votos ni simpatías políticas, sino rechazo en el pueblo devoto. No se trata de ninguna “apatía”, como la hiperderecha lo califica obstinadamente para curarse en salud.

En este mes, M&R publicó que la Iglesia Católica alcanzaba el 48.5%; la Iglesia Evangélica, 32.6%, y creyentes sin denominación, 14.6%.

Los datos trazan las coordenadas del Mapa Religioso de Nicaragua. Y sabemos lo que ello significa: si hay una visión inspirada en los Evangelios esa es la del amor, esa es su naturaleza. Otra sería la malquerencia, y, por supuesto, su fuente no son los púlpitos de la vida.

En el cristianismo no hay cabida para las pasiones inferiores como el resentimiento y la propensión a la falsedad que sufren algunas almas.
Aunque como Estado, Nicaragua no cuenta con un credo oficial, el papel de los guías espirituales del pueblo nicaragüense, quiérase o no, es importante.

A un mes de las elecciones presidenciales el año pasado, el cardenal Leopoldo Brenes instó: “Lo importante es evitar las confrontaciones y creo que el respeto al derecho ajeno es la paz, como decía Benito Juárez allá en México. Creo que es un trabajo que tenemos que hacer nosotros, porque es bien triste que entre nosotros los nicaragüenses podamos herirnos, podamos ultrajarnos, podamos descalificarnos. Creo que todos necesitamos respeto”.

Una semana antes de las votaciones, el jerarca llamó a que los ciudadanos deben hacerlo “de manera libre y espontánea”. “Las personas deben ser respetuosas. Si alguien quiere votar por algún candidato, que lo haga y que los demás respeten su elección”, dijo.

Fueron oportunas las palabras del prelado, cuando una exigua minoría en vez de alentar la vocación cívica de la sociedad, intentaba sembrar cizaña a como diera lugar, con el cálculo de fabricar una crisis que desembocara en el caos y la violencia para el consumo exterior.

Si las exhortaciones del Arzobispo de Managua cayeron mal en el cenáculo conservador, será porque tampoco les agrada el pontificado de Francisco, animado en construir puentes –de ahí el origen etimológico de su título– en cada lugar del mundo.

En su mensaje a la 50 Jornada Mundial de la Paz, el primero de enero pasado, el Obispo de Roma exaltó “la no violencia como un estilo de política para la paz, y pido a Dios que se conformen a la no violencia nuestros sentimientos y valores personales más profundos. Que la caridad y la no violencia guíen el modo de tratarnos en las relaciones interpersonales, sociales e internacionales”.

Si sectores retrógrados se oponen a estos mensajes de cambio, es porque son hijos de la ira. El Papa es muy claro para la Iglesia Católica y aún para Jefes de Estado, Sociedad Civil y responsables de comunidades religiosas: “hagamos de la no violencia activa nuestro estilo de vida”.

Con el Corazón

El reverendo Omar Duarte, al depositar el voto el año anterior, dijo:

“Nosotros oramos y ayunamos por todo este proceso porque sabemos que este es un momento en el que debe haber mucha responsabilidad y estamos viendo que nuestro Señor nos está brindando esa tranquilidad que tanto le pedimos. Oramos como nos manda Dios y es gracias a esa fe que hoy Nicaragua vive en paz esta fiesta y mientras este pueblo esté de la mano de Dios vamos a salir adelante. Todos los nicaragüenses debemos de manifestar nuestros derechos votando”.

Que el purpurado y el pastor insten a la Concordia no es de extrañar. Esta palabra proviene del latín Cum, con, y Cor o Cordi, corazón: “Con el Corazón”. Es decir, la unión de voluntades para un objetivo. El encuentro.

Si Concordia es hacer algo “con el Corazón”, lo contrario sería “Con el Hígado”. Discordia es distanciamiento de los corazones. Desencuentro. Y por consiguiente, ruptura, conflicto.

En el estudio dado a conocer por M&R, destacó que la inmensidad de nicaragüenses prefiere la Concordia a la discordia. Concuerda con el gobierno de Nicaragua y la Organización de Estados Americanos, OEA, en su plan de perfeccionamiento institucional. El respaldo se incrementó del 74.1% en abril pasado al 83.5% en junio.

Por eso, como no hay casualidades, es que tanto los líderes eclesiásticos, políticos sensatos y las autoridades gubernamentales, coinciden en instar a la Concordia como camino a la prosperidad.

De hecho, las elecciones son el agua bendita contra los demonios de la intransigencia y la guerra.