Los estragos del Estado Facilitador del Desarrollo Insostenible

Por: Edwin Sánchez
Tuesday 10 de October 2017
Los estragos del Estado Facilitador del Desarrollo Insostenible

El desarrollo de un país, su economía exitosa, pasa necesariamente por las prácticas más amigables con el medio ambiente, pero no siempre se comprende que debe prevalecer una retroalimentación y no que una devore a la otra. Al final, la naturaleza, ahora con el nombre de Nate, extenderá la factura a la sociedad.

En Nicaragua, grupos sin representatividad nacional han acusado que para lograr un gran crecimiento económico lo que hace falta es la “institucionalidad y el Estado de Derecho”, pero su demanda, además de falaz, está cargada de la misma ignorancia de sus años en el poder, cuando le daban la espalda a los temas vitales de la población.

Que no acepten al tribunal electoral, despotriquen contra la OEA y digan cualquier cosa contra los partidos que participan en la contienda municipal, no los convierte en faro de la verdad ni de la decencia política. Las maledicencias no son realidades. Lo que vale son los hechos.

De la misma manera que no se puede acusar que por una supuesta falta de “clima propicio” la ultraderecha padezca de una nula convocatoria popular, tampoco las culpas son únicamente de un fenómeno telúrico o meteorológico.

Como en escritos anteriores lo hemos señalado, en atención a lo que nos advierte el doctor William Martínez, no todo puede echarse en el saco de los “desastres naturales”. La naturaleza siempre reclamará lo que le pertenece.

Bien se sabe que a partir de los años 90, aun con el doctor Jaime Íncer Barquero al frente del Ministerio de Ambientes y Recursos Naturales, lo que se estaba construyendo era un desastre nada natural, a escala mayor.

Cuando se supone que un renombrado conservacionista está al frente de uno de los ministerios más sensibles, ¿por qué no se frenó el avance de la frontera agrícola?, ¿por qué no se avanzó en un plan de ordenamiento territorial y un mapeo geológico para no seguir cometiendo las barbaridades del pasado? Por supuesto, no es la culpa del doctor Incer.

Hoy se cosecha lo que con exagerado entusiasmo “económico” se sembró con premura en los días finiseculares y comienzos del siglo nuevo: es la siega del neoliberalismo ciego, porque recordemos que con el promocionado pero falso “advenimiento” de la “democracia”, sin consultarle al soberano se hizo una reingeniería del gobierno y de la economía.

Al margen de la Constitución, los principales ministros de doña Violeta Chamorro se enorgullecían de hablar del “Estado Facilitador”…, pero del desastre.

El Estado fue empequeñecido en favor del dios mercado, no de la democracia. ¿A qué precio? Bueno, ya estamos pagando la tremenda cuenta.

A partir de ese modelo, supuestamente en busca de la eficacia estatal porque hay una mejor administración desde el sector privado, empezaron a verse situaciones que si acontecían en  Managua, que es la capital, ¿qué estragos no provocaría aquella onda no tropical, sino neoliberalizadora?

Pero no se trata de asumir esas posiciones extremas en la que caen los maniqueístas: o todo para el Estado o solo la iniciativa privada. Cada uno juega un papel esencial si no se pierde de vista el bien común.

Ecologistas al carburo

La derecha conservadora, pero no del ambiente, nunca se interesó por la ecología. Todo lo redujo a la politiquería, al control del Estado y reproducirse en el poder entre su clase política.

El medio ambiente fue algo tan marginal como la misma democracia, de ahí que el Marena de los 90-2006 no contara con la incidencia necesaria para enderezar el rumbo del país. La institución no debe ser solo un adorno.

Los ambientalistas predicaban en el desierto sobre las consecuencias del desacierto de convertir las sierras de Managua en el palco del privilegio. ¿Qué se podía esperar en las montañas?

Durante del gobierno del ingeniero Enrique Bolaños se autorizaron a más de 200 urbanizadoras que hicieran sus negocios sobre el bien preciado de la cuenca sur, en la mera zona de recarga acuífera.

Ningún predicador del “Estado de Derecho” se interesó en preservar la vida, seguridad y salud del pueblo capitalino. No hubo obras de infiltración de agua, ni adecuado manejo de las aguas servidas, drenaje y otras labores de mitigación. Y hoy, estos “demócratas” dan “cátedra” de ambientalismo.

Cuando la derecha extrema de repente se vuelve “defensora del ambiente”, sin haberse  estrenado en practicarlo desde el tablero de mando, lo hace por falta de banderas propias. No es casual su manipuladora operación anti Canal Interoceánico, con el cuento de la “contaminación” del Lago de Nicaragua y la “protección” de los campesinos.

Durante 16 años de gobiernos neoliberales, el Cocibolca les importó un bledo: las descargas de los flujos industriales, aguas negras, las escorrentías de agroquímicos, etc., se mantuvieron o, mejor dicho, se incrementaron, sin que definieran una política para recuperar la Mar Dulce y evitar un similar destino al del Lago Xolotlán.

Estos “ecologistas” madurados al carburo nunca consideraron como compatriotas a los nicaragüenses de la ribera del río San Juan y San Carlos en la desembocadura del Lago de Nicaragua, para proveerlos al menos de letrinas, a fin de evitar que estos cuerpos de agua continuaran siendo la cloaca de las áreas habitadas. Ahora se rasgan las vestiduras.

Sí hemos visto el “boom” después del 90, con plazas comerciales, edificios, urbanizadoras y las generosamente flexibles alcaldías que han otorgado permisos en sitios que con un somero estudio geocientífico se podía comprobar que no son aptas para edificaciones: 1, por el peligro que representan para los ocupantes de la estructura; 2, por el impacto ambiental generado contra una capital altamente vulnerable. 

Es obvio que nuestro país no podía seguir por la ruta del Estado Facilitador del Desarrollo Insostenible. Y es lo que la tormenta ha puesto en evidencia.

La enorme  ventaja en esta época de la historia es que mientras se instaló el monólogo del mercado –tras la derrota electoral del Frente Sandinista en 1990–, hoy prevalece el diálogo mediante lo que el presidente Daniel Ortega denomina la “gran Alianza que hemos establecido, Trabajadores, Empresarios, Productores Agrícolas…” con el Gobierno.

En consonancia con las premisas del cristianismo y la solidaridad, no se trata solo de crecimiento económico, sino de un ascenso como nación y de contribuir para que el clima recobre su cordura en el mundo.

El desarrollo sostenible no es ninguna opción entre muchas. Es la única. Lo demás cabalga a la par del cuarto jinete del Apocalipsis, el que monta el caballo pálido.

El que lea, entienda.