Partidos de verdad y microficciones políticas

Por: Edwin Sánchez
Monday 20 de November 2017
Partidos de verdad y microficciones políticas

Cuando una microminoría no quiere distinguir entre 50 personas y un gentío, una modesta cantidad de boletas y “una montaña de votos”; cuando llaman “dictadura” a un sistema democrático, información a la  falacia, periodismo a la tribuna política, “non grato” al Jefe de la Misión de Observación de la Organización de Estados Americanos, cualquier cosa puede esperarse.

Así, por ejemplo, si una naciente formación partidaria en un primer momento se alía al proyecto político del señor Eduardo Montealegre, es sumada como “partido”. Además, “democrático”. Es el caso del movimiento del pastor Saturnino Cerrato.

Luego, cuando el reverendo decide participar como candidato presidencial y posteriormente con su propia organización en las municipales, sufrió lo de Chuck Connors en la vieja serie de TV, “El Marcado”: le quitaron los galones de “partido” para dejarlo en “micropartido”, amén de despojarlo de sus galardones de “democrático”.

De la noche a la mañana, aquel “líder de la iglesia más grande y mejor organizada de Nicaragua”, a quien trataban con honores decimonónicos a pesar de no portar ninguna mitra, fue reducido a un “pastor metido en la política”.

Por supuesto, no hay información veraz en torno a cómo se produjo la incursión de Cerrato en el ámbito partidario, sino deformación y saña, que juntas riman con patraña. Si estás conmigo, sos “lo máximo”, si no, “atenete a las consecuencias”.

El caso ilustra el atraso de nuestra hiperderecha provinciana. Hay “políticos” que no se arriesgan a ser “marcados”. Algunos que intentaron alcanzar su libertad en las últimas elecciones no soportaron a la dictadura mediática.

La rebelión en la granja duró poco. El extremismo conservador los desterró del partido impreso. Ya no los buscaban para las entrevistas, la foto y el despliegue. Quedó claro que un “político” subdesarrollado prefiere ser líder a como dé lugar, aunque sea de papel periódico.

Sin embargo, para volver al rebaño, el disidente debe caer grotescamente en el ridículo. Es el alto precio a pagar por seguir en el line up ultraderechista: renunciar a una candidatura tras haberla publicitado con bombos y platillos,  “plan municipal” adjunto.

Lo antinatural de las “ex ovejas negras” es reclamar después  lo que moralmente solo les incumbe a partidos, dirigentes y correligionarios de carne y hueso: las convicciones democráticas se ponen a prueba en el terreno de juego. A ellos les asiste el derecho a demandar los cambios pertinentes en los procedimientos electorales y un mayor rigor profesional al árbitro para que se precise con claridad, hasta en el municipio más profundo del país, el tuyo y el mío

Para desgracia de los manipuladores, son pocas las organizaciones políticas y personas que podrían considerarse partidos y líderes, porque también son pocas las que han sabido de qué se trata el baño de multitudes que define la Real Academia Española: “Inmersión en un ambiente populoso y entusiasta”.

El señorío mediático llama “democrático”, “partido” y “dirigente” a cualquiera que arme unas siglas, monte una “conferencia de prensa” y emita un comunicado telenovelesco.

Para redondear el libreto, a los profesionales de la fotografía se les orienta a no portar un gran angular por la simple razón de que estos “partidos” nacieron  sin profundidad de campo. Hay que supeditar la ilustración al texto, el gráfico al discurso, la verdad al embuste.

No obstante, fabricar partidos de garaje, “líderes” de mesa y establecer como verdad única la versión de democracia que la derecha ultraconservadora estabula para sus subalternos, no es la misión del periodismo.

Sobre estas falsedades se construye la falacia mayor de la “polarización” de una “sociedad partida” y “en crisis”, que “lucha” por “la democracia”.

A los partidos que ciertamente lo son, por su tamaño, volumen, densidad y tendido territorial, se les ningunea o desprestigia. Y a los micropartidos deshabitados se les ensalza de ser “fuerzas democráticas”, “amplios sectores”, “la sociedad nicaragüense”...

A Dios gracias, no vivimos en una sociedad enfrentada. El país no está dividido, como quieren, sueñan y hasta proclaman algunos subproductos editoriales.

Las inmensidades humanas no aceptan ni reconocen  las posiciones radicalizadas de los infra minoritarios. Más bien respaldan el sobrio Memorándum de Entendimiento entre el Estado de Nicaragua y la OEA, cuya letra y espíritu se corresponde con el desarrollo de una de las repúblicas más estables en el hemisferio.

El Gobierno se comprometió a continuar “fortaleciendo la institucionalidad electoral de acuerdo a los estándares regionales y buenas prácticas”.

El dato sobre el arrebato

Cuando algunos medios en vez de aportar a la democracia la quieren desbaratar, el engaño y la distorsión se vuelven sus principales armas. De ahí que oculten los hechos para suplantarlos por la narrativa más fundamentalista.

Veamos. Cuando en Guatemala, en agosto pasado, se produjeron algunas manifestaciones contra el presidente de ese país, medios informativos hicieron lo que tenían que hacer: no sustituyeron el dato por el arrebato.

“‘Todos somos Iván se queda, Jimmy se va’, era la consigna que coreaban unos 2,000 manifestantes que se congregaron frente al Palacio Nacional…”. Esa noticia indicaba a oyentes, lectores o televidentes, la magnitud o no de una demostración pública. No se tergiversa con la barbaridad de: “Guatemala demandó la renuncia del Presidente”.

Los medios desde Rusia difundieron en mayo que “La policía cifró a los manifestantes que acudieron a la convocatoria en unos 8,000, aunque el Ayuntamiento moscovita sólo había dado permiso para 5,000, mientras periodistas calcularon 20,000 participantes, y los organizadores, hasta 30,000, pero la acción transcurrió de manera pacífica”.

De España se informó en octubre: “‘Todos somos Cataluña’ fue el lema de la manifestación organizada por una entidad denominada Sociedad Civil Catalana (SCC) a la que, según sus datos, asistieron 1.1 millones de personas, mientras que la Guardia Urbana de Barcelona rebajó la cifra a 300,000 manifestantes”. 

Al menos hubo un esfuerzo para calcular estas masas. Y bien se ve cómo lo irreal se intentó mezclar con la realidad, donde cada quien miró lo que quiso contemplar, pero algo hay de cierto: ahí sí hubo muchedumbres, no desiertos. Eso estaba muy lejos de ser una mesa con cuatro “líderes” y unas cuantas sillas enfrente, en un local vacío, hablando en nombre de Barcelona o de Moscú, de España o la Federación Rusa.

La diferencia con cierto “periodismo” de derecha es que además de escamotear el dato, si la Soledad Civil dice que representan a miles de miles, el titular reproduce “Miles de miles…”.

Solo en nuestro país unas microficciones políticas, alérgicas a las urnas, al conteo de los votos,  a las encuestas, a las plazas y la  vida real, quieren presentarse ante el mundo como “el pueblo de Nicaragua”. 

Hugh Jackman lo dijo en la película “Kate & Leopold”, dirigida por James Mangold: “Refinan mentiras hasta que parezcan verdades”.