La cajeta de coyolito no está hecha de lo que pensabas…

Carlos Fernando Álvarez
Wednesday 6 de December 2017
La cajeta de coyolito no está hecha de lo que pensabas…

Una gran parte de mis recuerdos de la infancia han dejado de tener sentido de golpe y cuando mi mamá y mis tías lean esto, me van a regañar por no haberme dado cuenta antes.

Me las imagino riendo y preguntándome: ¿Cómo es posible que no te dieras cuenta?, si en la casa tu abuela y nosotros siempre hacíamos.

Lo más seguro es que no lograba distinguir qué era lo que estaba comiendo el 7 de diciembre, porque estaba apurado en acabarme unas cosas, para guardar después en mi saco los otros caramelos y dulces que podían aguantar para el 8 y seguir gritando en cada purísima. Era un niño feliz, lo siento.

Adivinar de qué está hecho el popular “coyolito”, esa bola de masa negra cubierta de azúcar blanca y con una semilla en el centro, tal vez resulte obvio, pero no lo es. No está realmente hecha de coyolito, y al menos yo, no lo sabía.

coyolito

No fue sino hasta que un día en Managua — no hace mucho — cuando me lo dijeron y yo sentí que no era posible que no lo supiera, sobre todo ¡porque soy leonés!

Para confirmarlo, tuve que ir hasta Monte Fresco, en el kilometro 13.5 de la carreta norte, casi llegando a Tipitapa, a la vivienda doña Bernarda Gómez, en la casa donde crió a sus 5 hijos.

Ella no se dedica a comercializar este tipo de dulces, sino más bien, los empezó a cocinar para dar gusto a su familia.

Todos allí son cristianos y por consiguiente fueron educados bajo los principios de su religión. Es decir que no celebran la Purísima, como tal, pero eso nunca fue impedimento para que los más pequeños disfrutaran de la gastronomía popular, que aprendió a cocinar siendo asistente del hogar, hace ya un buen tiempo.

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Gómez nos contó, que no es que no se utilice ese fruto acido color rojo oscuro casi negro, sino que la mayor parte de su volumen se lo da el plátano maduro. Sí, correcto, plátano maduro.

Además del plátano, que tiene que estar re-maduro, se usa azúcar — no atado de dulce como pensé — y una pequeña parte de coyolito, 1 libra por cada 25 plátanos, tomando en cuenta que ese día doña Bernarda hizo medio perol.

Después de eso se pone al fuego de leña por unas tres horas y se revuelve hasta que todo cobra una textura y color uniforme. Las semillas del coyolito, que tuvieron que haber sido sacadas antes de la mezcla, luego se usan como “adorno” al centro y se vuelve a espolvorear de azúcar.

Inclusive, hay unas recetas que doña Bernarda ha probado, que en lugar de la semilla del coyolito, lo que lleva al centro es tamarindo. Seguro también las he probado, pero ya les conté como es el asunto.

“Nosotros somos cristianas, y yo siempre les he hecho de esto para que no deseen en la calle. Y para esta fecha se consigue el ayote (para cocinar ayote en miel), todas esas cosas, si quieren limón (dulce) se le va a comprar al mercado limón, la caña”, cuenta, recordando también que lo mismo pasa en otras fechas como la Semana Santa, cuando tampoco se privan de disfrutar de la riquísima sopa de queso.

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La hija mayor de Bernarda, Eydi Bravo, recordó un poco nostálgica, pero siempre sonriente, que cuando era pequeña sus amigos pasaban por las calles consiguiendo los tan apetecidos dulces, pero que en su casa siempre tuvieron y siguen teniendo estos elementos que dan parte de la magia a le época.

“Ella aprendió de la vida aquí en Managua. Es sola desde niña entonces ella aprendió a cocinar, a hacer de todo y viendo aprendió todo, nacatamales, cajeta, de leche de coco”, me dijo, como para demostrar el orgullo de tener una madre luchadora que siempre buscó la manera de entregarles la ilusión de ser niños.

Volviendo al principio, me doy cuenta que asegurar que los recuerdos de niñez se corrompieron solo porque uno de mis dulces favoritos no estaba hecho de lo que pensaba, es exagerar.

Lo importante — y es lo que pude descubrir en la casa de esta señora — es que aunque el coyolito sea de plátano y doña Bernarda no celebre la Purísima como yo que soy católico, todos tenemos algo en común: somos nicaragüenses y compartimos juntos estas dulces y deliciosas tradiciones que nos hacen ricos, únicos y variados.

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